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Se cosecha lo que se sembró

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En el desarrollo de una clase de cuarto año lineal, el año pasado, la profesora ve que un alumno enciende su celular. Le recuerda que tienen convenido la no utilización del teléfono en clase. El alumno alega y se resiste a apagarlo. Plantea que no es nada malo, quiere comunicarse con su casa. La docente le explica que no importa el motivo de la llamada sino el respeto de lo convenido entre todos al comienzo del curso.

De mala gana el alumno apaga su celular. Al rato se repite la escena. Se manejan los mismos argumentos: una cosa son las motivaciones del alumno y otra el respeto a la norma que rige el desarrollo de la clase.

Después de varias actuaciones reiteradas la profesora le pide al alumno que se retire de la clase y vaya a la dirección.

Finalizada la clase la profesora se encuentra con el alumno en el corredor: “¿Y qué te dijo el director?”, pregunta. “¡Que Ud. lo vaya a ver a él!” responde el alumno.

El encuentro con el director fue breve. Le dijo a la profesora que ella debía encarar al alumno, pues eso de derivarlo a la dirección era reconocer que no podía cumplir con su tarea docente y en ese caso era ella quien tenía que replantearse las cosas.  Le dijo más, que tuviera en cuenta el aumento de estas situaciones en el liceo y de ese modo, entonces, aquello se convertía en un aquelarre y que él no podía atender a todos los alumnos. Para eso estaban los profesores.

Esta anécdota simple que se cuenta en la playa entre un grupo de docentes es un fresco de la actual situación a que llegó nuestra educación secundaria.

Los temas que surgen aquí son muchos.

El desconocimiento entre “el contenido o necesidad de mi acción” y el respeto formal de la norma, la ley. Cuando un gobernante afirma suelto de cuerpo que “lo político esta sobre la norma” da el fundamento teórico de la desestabilización del entramado social.

La necesidad personal del momento está por encima del acuerdo social aceptado.

El docente no tiene a quien recurrir. La educación es una tarea individual entre el docente y el alumno. No importa el liceo, la autoridad, la normativa. Lo social perece frente a lo casual individual.

No hay educación, se intenta la enseñanza, si no es posible la instrucción. Si la actividad docente no es posible llevarla adelante por la impertinencia discente, entonces no queda otra salida que la clase sea el aguantadero de 40’ que el docente se esfuerza en cumplir para hacer como si estuviera educando.

El alumno se da cuenta de su triunfo. A lo Pirro,  no le importa, pero le satisface derrotar a quien lo interrumpe en su ajenidad. Este alumno aún no tiene conciencia que el tiempo perdido nunca se recupera. El docente está ahí para prevenir y preparar el futuro, pero no sabe qué hacer, no puede solo pues la educación es una práctica social. No sólo en el aula, no sólo en el liceo. Se extiende a la familia, al barrio, a los políticos, a los gobernantes, a los medios, a los adultos. Si en todo este mundo que lo rodea encuentra el desgano, la chabacanería, el desorden, la mentira, la prepotencia, termina por aceptar que quienes le dicen lo contrario son los equivocados.

El mundo es así que vas hacer.

Parece que hemos sido tragados por el “no te metás”.

¡Hasta cuando tendremos que esperar la sana rebeldía, la indignación frente al deterioro!

Hoy el problema central trasciende al sistema educativo, estamos en el deshilvane cultural. Los docentes y los alumnos son parte de la siesta uruguaya y del plano inclinado.

En otro caso un profesor universitario en la carrera de periodismo intenta motivar y trabajar con sus alumnos, quienes eligieron libremente esa carrera.

Nos dice:

“ …Después de muchos, muchos años, hoy di clase en la universidad por última vez.

No dictaré clases allí el semestre que viene y no sé si volveré algún
día a dictar clases en una licenciatura en periodismo.
Me cansé de pelear contra los celulares, contra WhatsApp y Facebook.
Me ganaron. Me rindo. Tiro la toalla.
Me cansé de estar hablando de asuntos que a mí me apasionan ante
muchachos que no pueden despegar la vista de un teléfono que no cesa
de recibir selfies.
Claro, es cierto, no todos son así.
Pero cada vez son más.
Hasta hace tres o cuatro años la exhortación a dejar el teléfono de
lado durante 90 minutos -aunque más no fuera para no ser maleducados-
todavía tenía algún efecto. Ya no. Puede ser que sea yo, que me haya
desgastado demasiado en el combate. O que esté haciendo algo mal. Pero
hay algo cierto: muchos de estos chicos no tienen conciencia de lo
ofensivo e hiriente que es lo que hacen.
Además, cada vez es más difícil explicar cómo funciona el periodismo
ante gente que no lo consume ni le ve sentido a estar informado.
Esta semana en clase salió el tema Venezuela. Solo una estudiante en
20 pudo decir lo básico del conflicto. Lo muy básico. El resto no
tenía ni la más mínima idea. Les pregunté si sabían qué uruguayo
estaba en medio de esa tormenta. Obviamente, ninguno sabía. Les
pregunté si conocían quién es Almagro. Silencio. A las cansadas, desde
el fondo del salón, una única chica balbuceó: ¿no era el canciller?
Así con todo.
¿Qué es lo que pasa en Siria?

Silencio.

El profesor renuncia a su curso. El decano comprende el drama. Pero ¿qué puede hacer? Si es coherente con su diagnóstico comprende que tiene que tomar acciones que exceden su competencia y posibilidades. Debe hacer como si defendiera a los alumnos, los docentes y el sistema educativo para que todo siga en “orden” y no se rompa la producción en serie: la organización del desorden.

Me pregunto: ¿Será la mejor opción abandonar la lucha? No juzgo a este profesor no me corresponde y lo comprendo. No juzgo a los desanimados.

Me pregunto ¿quién se ocupará de nuestro futuro, el de nuestros hijos y nietos?

Decía más arriba que estamos en un “deshilvane cultural”  La sociedad es una tela que se teje con el trabajo y participación de todos. Esa tela es nuestro modo de ser, nuestra cultura, nuestros valores, nuestros anhelos, nuestra patria, la nación. Es el conjunto de la historia y el proyecto que queremos alcanzar y ser.

Se nos está deshilvanando el tejido que se deshace en hilachas. Se pierde la memoria, no importa donde vamos, da lo mismo “ser honesto o estafador, todo da igual, lo mismo un chorro que un gran profesor”

Los zurcidos no reparan el tejido.

Nuestra democracia elige sus representantes y gobernantes para que se escuche la voz del pueblo y se actúe en consecuencia.

Esperamos estando activos.

 

Lic. Jorge Scuro

 

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