Hora local en Montevideo:

De como entré al concierto de los Rolling

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(Nota de redacción: Nicolás Alé Gravina, nos había escrito una nota de su primera vez que había ido al Centenario, con 16 años, en nuestro diario digital “Crónicas de Nico en la Barra de la Amsterdam”. Nos parece bárbaro que jóvenes nos escriban, porque entre otras cosas, al colectivo del VECINOS DIGITAL nos hace sentir más jóvenes.)

 

No hay duda de que lo bueno es mejor cuando llega de sorpresa y que la comida es más rica cuando es gratis. Durante toda la semana había estado pensando en el concierto del los Rolling. No porque fuera a ir, pero me gusta mucho su música y es inevitable no pensar en un evento de proporciones tales que consigue afectar el funcionamiento entero de una ciudad.

El martes 16, algunas horas antes de que comience el concierto, como a las cinco de la tarde, Nacho me mandó un mensaje. Me dijo que irían, junto a otros amigos, a las inmediaciones del estadio. La idea me gustó, desde allí, escuchando la música y los gritos, por lo menos, me sentiría más espectador que desde mi casa.

Con el correr de las horas, esa idea se fue desdibujando, me di cuenta de que iba a ser una tortura. Ya me veía sentado en la calle, rodeado de envases, bolsitas de nylon y demás porquerías propias de un evento así, escuchando la poca y distorsionada música que lograría escapar de las paredes del estadio. Me dejé de cavilar, y fui a la playa.

Cuando llegué a casa, el hambre post­playa hizo que antes de entrar ​a bañarme haya dejado un arroz cocinándose. Mientras estaba en la ducha, no podía parar de pensar en ese afortunado 4,2% de la población montevideana que para ese momento estaría llegando al estadio. Un rato después de haber salido de la ducha, me di cuenta de que había olvidado de revisar el celular. Dejé el arroz y fui hasta mi cuarto. Abrí Whatsapp y vi un mensaje de Matilde, me preguntaba si estaba en el estadio y me envió una foto de como se veía el escenario desde donde estaba.

Era bastante triste; estaba en mi cuarto con una toalla en la cintura y chorreando agua. En una mano tenía el celular con una foto del espectacular concierto que iba a arrancar en unos minutos a treinta cuadras de mi casa, y en la otra un cuchara con arroces pegados.

Mientras comía arroz decidí que el concierto era casi un hecho histórico, y si bien iba a ser doloroso escucharlos desde afuera, si estaba en las inmediaciones del estadio no me iba a sentir tan culpable cuando le diga a alguien “Ahhh, si, el concierto de los Rolling… Yo estuve por ahí”, y esa persona crea que, efectivamente, estuve adentro. Terminé todo el arroz del plato (aunque sabiamente dejé un poco en la olla para comer a la vuelta), le pedí a mamá dinero suficiente como para comprar una entrada, naturalmente se negó. Agarré plata mía y salí.

Una vez en la parada me di cuenta de que estaba frente a dos problemas:

a) La idea de haber llevado un billete cincuenta dólares para comprar una eventual entrada a un revendedor era estúpida, sobre todo si consideraba que las más baratas costaban, hacía una semana, cerca de cien dólares en los Abitab.

b)Estaba, solo, en la parada, con un billete de cincuenta dólares entre la batería y la tapa del celular y tres billetes de veinte pesos esperando algun omnibus (ni idea cual) que me acercarse al estadio. Claro que podría llegar caminando, pero para cuando estuviese ahí el show habría terminado.

Volví hasta casa, le pedí, ahora cien pesos, a mamá y accedió. Me los tiró por el balcón y volví corriendo a la parada. Ya eran las nueve, según sabía, los teloneros habían terminado hace unos minutos y los Stones ya estarían por comenzar. Rápidamente me tomé un taxi a cuyo conductor indiqué “lo más cerca del centenario que me puedas dejar con cien pesos”.

Por suerte el dinero me dio bien. Como las calles estaban cortadas me bajé en el ombú de Ramón Anador e hice una cinematográfica corrida hasta el estadio al ritmo de Start me up que ya había empezado a sonar.

Llegué al estadio y vi que este estaba cercado. Me enfrentaba a la primer barrera de acceso. Me quedé un rato analizándola. Era un arco, en el cual, hasta donde pude entender, te indicaban que puerta te correspondía conforme la entrada que hayas comprado. La seguridad era mínima. Creo que era una especie de depurador; para que quienes no iban a entrar no anden jodiendo en la vuelta.

Esperé a que dos tipos con cara de haber comprado entradas se acerquen. Cuando ellos pasaron por el arco, y sus lugares les fueron indicados yo entré con ellos. Como entré unos metros más atrás, un guardia comenzó a chistarme, pero dejó de hacerlo al ver que, a la distancia, yo estaba hablando con esas personas como si fuesen conocidos. Creo que les pregunté la hora o “¿Por acá se entra?”. En fin, apenas pude, me separé de mis primos, compañeros o lo que el seguridad haya creído que eran y comencé a rodear el estadio solo.

Recorrí las primeras puertas, pero la gran presencia policial y el vallado me impedían siquiera acercarme a las puertas sin la entrada. De hecho creo que lo que más intimidaba era la expresión en el rostro de toda esa gente. De todos modos no los culpo; estar cortando entradas mientras a tus espaldas se sucede el espectáculo más imponente, por lo menos, del lustro no parecía ser una tarea agradable. Como mucho podrían ligar alguna Coca 600, o un desodorante, pero no valía el martirio.

Seguí caminando e investigando otras puertas. En un momento pasé frente a una que entraba al campo. Era notoriamente más grande que las otras y a través de ésta se conseguía ver una de las tres pantallas gigantes y escuchar bastante bien. Ahí me quedé un rato hasta que me echaron. Me dijeron que estaba obstruyendo el paso, que me vaya. El espectáculo ya había empezado (hace unas horas si tenemos en cuenta a los teloneros), y ya no había nadie entrando. Estábamos yo y un par de doñas, parados con el cuello estirado, tratando de mirar sobre los hombros de los que estaban en la puerta. Pedí que por favor me dejasen seguir ahí, pero tras una segunda negativa, esta vez no tan amigable, y al notar que no era yo el que tenia una cachiporra, sanamente decidí seguir investigando otras puertas.

A los minutos llegué a otra de las puertas. En ésta, si bien era más chica, había más personal controlando el acceso. Comencé a hablar con un tipo de la productora. A éste le expliqué que había venido por el fin de semana, desde Buenos Aires. Le dije que estaba convencido de que encontraría entradas el mismo día del espectáculo pero que ahí estaba, tratando de conseguir una forma de entrar mientras escuchaba el concierto desde afuera. Le conté también qué por casualidad, justo llevaba conmigo cincuenta dólares. No mostró ni interés ni pena ante mi historia, de hecho cuando quise acordar, lo tenía a unos metros recogiendo, junto a oficiales de la policía, las vallas. Le pregunté qué estaba haciendo y me dijo que ya iban a cerrar las puertas. A partir de ese momento todo el panorama cambió.

Mis intenciones iban a tener que ser más explícitas si quería entrar. Me decidí directamente a entregar los cincuenta dólares a quien correspondiese. Comencé a analizar a cada una de las personas que estaban ahí. Tenía una sola oportunidad de ofrecer ese billete y debía ser a la persona correcta. Mientras tanto un pequeño escuadrón seguía sacando y guardando las vallas. Para cuando terminasen, iba a ser imposible entrar.

Para comenzar la interacción con cualquiera de las personas que estaban ahí, decidí arrimarme bien hasta la puerta. Vi que un sujeto estaba llevando, solo, una valla hasta el camión y en amable y desinteresada actitud, sin decirle nada antes, tomé la parte trasera de la verja portátil y la cargué con él. El hombre, al notar que estaba haciendo menos esfuerzo, volteó y me vio. Yo evité el contacto visual, puse cara de trabajo duro y no paré la marcha. El sujeto volvió a mirar hacia adelante y continuamos caminando hasta el camión en que la dejamos. Fue muy raro. Sobre todo porque una vez la valla en el camión, yo me aparté del hombre y quedé viendo como seguía trabajando solo.

EL INGRESO

De todos modos hubo un avance. Cada vez estaba más cerca de la puerta, había cinco personas en el umbral, pero yo estaba a un metro, recostado contra la pared, como si nada. Oía el sonido que bajaba por la escaleras y que, con ritmo, me golpeaba la espalda. Miré a los guardias de la entrada que a segundos de terminar su horario comenzaron moverse para poder cerrar las puertas de chapa que estaban totalmente abiertas, contra las paredes exteriores del estadio, y vi ahí mi oportunidad, única y última.

De nuevo: no se cuestionaron mi presencia. Habrán pensado que entre la gente de la productora, el personal de seguridad contratado, los cortadores de entradas, los que estaban desarmando las vallas, los policías y demás, alguien que aparentemente era un “civil” sería el hijo o sobrino de alguno.

Mientras cerraban las puertas, una vez más, me les uní al esfuerzo, me puse en el extremo de una de las dos hojas, la parte que se toca con la otra, y comencé a cinchar. Cuando ambas hojas estaban por tocarse, casi en forma involuntaria me escabullí, me escurrí de perfil entre ellas. Un segundo después oí a mi espalda el tranquilizador ruido de las puertas que se juntaban y cerraban dejándome a salvo de todo peligro.

Rápidamente subí una escalera mientras contemplaba lo irreal de la situación. El volumen y la claridad del sonido fueron aumentando progresivamente hasta que me encontré allí, como cualquier otro espectador que sabía que estaría ahí desde el momento en que compró la entrada.

Con una sonrisa enorme y la actitud de un viajero en el tiempo, le pregunté a una mujer en que tribuna me encontraba. Estaba en la tribuna Colombes, en el anillo tres.

La inquietud/ansiedad/felicidad del momento me impidió concentrarme en el espectáculo los primeros minutos. Traté de avanzar para ver mejor y de meterme lo más entre la gente posible por si algún guardia me había visto. Comencé a bajar por la tribuna, atravesé el anillo tres y llegué hasta donde terminaba el dos, y comenzaba el uno. Me enfrentaba a un nuevo vallado.

En el anillo uno, la vista (y el precio de la entrada) era algo totalmente distinto, pero claro que yo no lo sabía. Me paré junto al acceso a dicha sección esperando que el guardia me de paso. Éste, tras notar la intención, me dijo ­Esta entrada es solo para el anillo uno. No supe que contestar, yo solo quería estar más cerca de los Rolling, así que le dije: ­Si, si, voy para ahí. El hombre, que ante mi sincera naturalidad no sospechó, corrió la valla y me dio paso.

Sin saberlo, desde un muy privilegiado lugar, disfruté de un espectacular show al cual dos horas antes no imaginé que iría. La media de edad a mi alrededor era de unos cincuenta años, pero esto no impidió a los espectadores saltar y cantar; tampoco me impidió a mí congeniar con ellos, quienes me prestaron binoculares y me contaron historias sobre lo mucho que admiraban a los británicos.

Del resto del concierto tienen decenas de noticias y artículos: Jagger habló de Gardel, Suárez, la rambla y el chivito. El público explotó con Paint it Black. La (objetiva) mejor parte del concierto transcurrió con un pintoresco escenario y al ritmo de Sympathy for the Devil, y el espectáculo fue coronado con Satisfaction y un genial espectáculo de pirotecnia.

Una vez que terminó el espectáculo, hubo un clima de claustrofobia general. La gente comenzó a desesperarse por salir del estadio. Yo decidí recorrer la obra del arquitecto Scasso. Bajé al campo, despues fui a la parte superior de las gradas, después a la parte interna de estas (donde noté que la construcción es mucho más compleja de lo que parece) y después decidí ir lo más próximo posible de la “torre avión”, como la llamaba de chico. Cuando estaba ahi, pensando en por qué le habrían puesto alitas, y casi no había nadie más en el estadio, se me acercó un uniformado, quien con claras intenciones de echarme me preguntó ­¿Se te perdió algo? Le dije, bien lento y en un español de extranjera articulación: “Io no pierdí nada, estoy mirrandou la estadio”. El hombre sonrió y exclamó, como si se tratase de la respuesta a una adivinanza ­¿¡Americano!? Le sonreí y asentí, luego preguntó si me gustaba Uruguay y repetí el gesto. Tras verme mirar la torre unos segundos me dijo adiós y se fue. Yo seguía pensando en por qué le habrían puesto alitas.

Minutos más tarde abandoné el estadio y comencé a caminar hacia casa, no había taxis así que hice los tres kilómetros a pie. Llegué cansado, con hambre y con muchas ideas para una crónica. Comí el arroz que había dejado en la olla a la tarde, guarde los cincuenta dólares y sesenta pesos. Con la que sería una anécdota para mis nietos y una sensación de gloria inigualable, me fui a dormir.

Hoy, semanas después de haber contado, orgulloso, esta gesta a familiares, amigos, allegados y un largo etcétera que hasta incluye a más de un desconocido, mi sentimiento de triunfo se desvanece.

Así es, la exclusividad de haber entrado gratis al concierto se desmorona.

Toda mi hazaña se cae, hace apenas unas horas leí que este grupo de británicos inescrupulosos que no escatimó en seguridad, barreras, policías y demás obstáculos para dificultar mi acceso, estará brindando un concierto gratis en La Habana…

Pero, la verdad es que me alegro por los cubanos; bien vale la pena que yo pierda la gloria… y que miles y miles puedan disfrutar gratis del mejor rock del mundo.

6 comentarios

  1. Brillante!!!!! Espero pronto ver publicadas muchas más de sus crónicas, no tan marcianas como las de nuestro querido Bradbury pero con una uruguayez que deslumbra. Adelante, Alé, Uruguay necesita escritores así, para sentir que no todo está perdido…

  2. Me encantó!! Como vivirlo en primera persona. Felicidades! Espero más de tus crónicas! Gaby desde Cataluña a la que no vinieron los Rolling… :(

  3. Vamos Nico, ahora toca hacer crónica de algo que ocurra fuera del estadio. Que tal el circ du soleil, tb es caro, colate y contanos. Me encanta tu estilo

  4. Teresa Alves on

    Buenísimo cuento!. .!!!!No dejes de escribir Muy divertido, muy bien estilo propio de nueva generación.

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