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¡Ricos y reaccionarios del continente, uníos!

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Por Ewe Vaz

Disfrutan de las derrotas electorales de las experiencias progresistas en Argentina, Venezuela y Bolivia, del juicio político a Dilma y de los problemas económicos y sociales en Ecuador, Chile y Uruguay.

Hacen coro para explicar la legalidad, que no la legitimidad, del derrocamiento parlamentario de  Dilma en Brasil como, en su momento, de Lugo en Paraguay o Zelaya en Honduras. Como siempre, se vuelve a recortar, blanco sobre negro, quien es quien en el continente: derecha e izquierda, progresismo y reacción, siguen vivitas y coleantes a pesar del fin de las ideologías y lo demodé de estas caracterizaciones.

Blancos y colorados, en un internacionalismo más propio de los partidos marxistas  y obreros, han respondido al llamado de clase e ideología: ricos y reaccionarios del continente unidos, jamás serán vencidos.

Hay que escuchar a Batlle, que fundió al país llevando al hambre a miles de compatriotas, perdió la mayoría parlamentaria blanqui-colorada y fue a llorar a Buenos Aires pidiendo perdón por sus propios dichos avergonzándonos a todos, apoyando esta traición temeraria (o “temeriana”). Él y su partido, que tuvieron en el FA una respuesta de principios llamada “lealtad institucional”, no aprendieron nada.

Aquella lúcida definición se agiganta con los años y las experiencias actuales en el continente; difícil y controvertida actitud, cuando muchísimos uruguayos y, especialmente frenteamplistas, queríamos la renuncia del Presidente, mostró el compromiso profundo con la democracia y las instituciones, con el voto popular como expresión última de la soberanía y la búsqueda de caminos para, sin afectar la institucionalidad ni buscar atajos, encontrar caminos democráticos para modificar aquella realidad. El FA movilizó, negoció y ganó las siguientes elecciones respetando en todo el orden legal y la legitimidad del Presidente sin forzar caminos políticos que incendiaran al país habiendo condiciones más que objetivas para ello.

No es bueno que esto ocurra. Sería mucho más sano para nuestra democracia que los partidos de derecha renunciaran a estos caminos “legales” que tuercen las voluntades populares en la liga cuando perdieron en la cancha. Naturalmente, son también lecciones para la izquierda que tantas veces busca atajos y se pierde en su laberinto.

Uno no puede dejar de pensar qué pasaría aquí si no hubiera mayoría parlamentaria para el gobierno; es bueno recordar los argumentos de la oposición contra nuestra mayoría en nombre de valores y ventajas evidentes para la democracia, aunque siempre que la mayoría la tuvo la derecha no se oyó tan florida y sabia reflexión de principios.

Hay que tomar nota de las actitudes de cada uno, sin dudas, para saber con que bueyes se ara. Pero lo que sería fatal para la izquierda democrática, para el FA, es actuar por reacción yendo al golpe por golpe y adjudicar las derrotas solo al imperialismo y las derechas antidemocráticas. Sería imperdonable no analizar los errores y horrores cometidos aquí y allá porque si han logrado estos golpes legales es que se crearon condiciones económicas, políticas y sociales para ello.

No somos lo mismo ni queremos parecernos a las derechas claudicantes. Perderemos muchas más veces porque nos equivocaremos, porque la correlación de fuerzas no nos favorecerá, porque los adversarios jugarán mejor o  porque violarán las reglas o todo junto. Pero no podemos caer en el radicalismo y el estrechamiento, en cortar cabezas, en restringir espacios, en legislar a prepo, en buscar atajos de dudosa legalidad y ninguna legitimidad.

No se trata de ingenuidad, al contrario, ingenuo es pensar que los cambios profundos se decretan o se imponen desde arriba. Solo la modificación de prácticas y hábitos sociales transforma profundamente la realidad  sobre la base de un acuerdo, mucho más tácito que explícito, en las grandes mayorías. Y así lo veremos en Brasil u otras partes: mientras los gobiernos de derecha apliquen sus programas de recortes y deterioro de las condiciones de vida de las mayorías, van a fracasar y volverán a ser derrotados, mucho más temprano que tarde, por los proyectos alternativos. A no dudarlo.

¿Es inevitable la victoria de la derecha aquí? 

En absoluto. Aquí depende de nosotros mismos, de lo que concretemos en este gobierno y lo que vayamos armando de futuro. Acá no podrán derrocarnos “legalmente”, nos tendrán que bancar hasta el final del período y veremos el resumen nuestro, el de la oposición y el de nuestros vecinos.

La razonable preocupación entre quienes votamos al FA en las últimas tres elecciones sobre la continuidad del proceso progresista debería canalizarse en la empecinada lucha por cumplir el programa prometido en las elecciones del 14, entender las nuevas dificultades y ser capaces de encontrar nuevas soluciones con la gente, que no es tonta y no necesita mentiras ni propuestas demagógicas por más discurso izquierdista que las sostenga, sino verdades y un gobierno como el que tenemos: responsable y comprometido con su pueblo.

Estamos golpeados y bastante desconcertados. Necesitamos recobrar la confianza en nosotros mismos, en el FA y su capacidad de producir ideas y movilizar, en la izquierda y su vocación de igualdad y libertad, en el anchísimo campo del progresismo y su potencial aglutinador y en el conjunto del movimiento popular y su lucha permanente.

Esta confianza solo puede provenir del análisis serio y fundado de la realidad, de la disposición a construir una visión común, audaz y esperanzadora, integradora y no aplanadora, y una dirección fuerte, plural y representativa, respetada por su capacidad de orientar y liderar y  muy pegada a la realidad y al pueblo. Implica, necesariamente, una visión autocrítica que llame a las cosas por su nombre y, muy especialmente, enfrente la corrupción a rajatabla.

La próxima elección del FA debe ser un primer paso en este sentido para luego ir por todo: necesitamos un reciclaje dentro del cambio -ideas, políticas, estructuras, medios- y, como nunca, tenemos que apelar a lo mejor de nuestros valores, sentimientos y capacidades para salir adelante a pesar del viento en contra. El problema FA es la cuestión decisiva entre seguir cambiando y el retroceso conservador, naturalmente, sobre la base de los resultados positivos en el gobierno.

 

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