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La visión de un adolescente en el concierto de Márama y Rombai

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(Nota de Redacción: otra entrega de Nicolás Alé, joven adolescente de 17 años, que ya nos escribió una serie de notas sobre otro espectáculo que presenció, Crónicas de Nico en la Barra de la Amsterdam y De como entré al concierto de los Rolling )

Me encontré, por una (extraña) invitación de último momento, una vez más, en un concierto donde dos horas antes nunca hubiese imaginado que estaría. Llegamos en taxi a Parque Batlle y el conductor nos advirtió que la zona estaría congestionada; su viaje anterior había sido un grupo de niñas qué iban a un concierto en El Velódromo -…y hay bastante gente yendo para ahí- agregó. Asentimos con gesto de “Mirá vos, che…Ni idea” y unos minutos más tarde bajamos del vehículo.

Llegamos a un sitio repleto de niñas cargadas de emoción que, a fuerza de cinchones, no dejaban de avanzar junto a sus madres, quienes, a juzgar por sus vinchas de papel con motivos tropicales, parecían haber perdido el bien de la cordura. Se oían agudos suspiros, llantos emocionados y gritos adolescentes. Noté también qué había gente de otros países. Yo estaba parado, quieto, en medio de una marea inmensa de personas que confluían al estrecho pasaje de entrada, a cuyo costado había oficiales de la policía montada. No sé porque, no me imaginé que clase de conflictos podrían surgir. Estaba en el concierto de Rombai (y Márama).

Cuando entramos, nos ubicamos en nuestros sectores VIP correspondientes y vimos como en la pantalla gigante, por algún motivo que no logre dilucidar, había una animación 3D de unos robots destruyéndose los unos a los otros, con fuego, y explosiones, y esas cosas.

Después, en la misma pantalla, apareció una cuenta regresiva la cual provocaba que en cada cambio de minuto las jóvenes que estaban atrás mio gritasen, mucho.

Cuando la cuenta llegó al minuto, pensé que solo faltaba el grito final, de cuando la cuenta llegue a 00:00, pero no. Todo se tornó en un grito constante; más alto que nunca y  que no se detuvo hasta el final. En los últimos segundos no aumentó. Era imposible que lo haga.

Cuando por fin terminó la espera se encendieron las luces y apareció un hombre haciendo piruetas en lo alto del escenario, colgado de unas cuerdas. Estuvo un rato así y luego aparecieron los integrantes de Rombai.

Interpretaron sus obras más conocidas (todas), y una canción antes de abandonar el escenario, dieron un profundo mensaje a su público (compuesto principalmente por niñas de 11 años, sus madres, mis amigos y yo): hablaron sobre el amor y la fidelidad, y sobre cómo la traición destruye familias, o algo así. Raro. Yo, mientras, hacía la fila para comprar una hamburguesa. No era Schneck, pero tenía hambre.

Cuando volví del puesto de comidas, mientras sonaba ese último tema de Rombai, muy meloso por cierto, me crucé con una madre que tras unos segundos de análisis se le acercó a la hija y le comentó: “Él le quiere comer la boca a ella”, hablando de los cantantes que entonaban muy próximos.

Lo agradable de esa canción es que era inédita, entonces el coro adolescente que tenía a mi espalda solo se limitó a oír.

Cuanto terminó el tema yo ya estaba en mi asiento, y me había terminado el hamburgo.

Rombai se despidió del público y dejó el escenario pronto para Márama.

Pasaron unos 40 minuto hasta qué salió la segunda banda. En ese lapso entendí el porqué del operativo policial que incluía a los oficiales montados. Se  generó un conflicto intenso cuando algunos integrantes del público gritaban Márama y otros Maráma (la diferencia está en el acento). Las chicas, y chicos en menor medida, de atrás mío no paraban de gritarse unos a los otros “No se dice Márama, es Maráma”, y viceversa.

Las voces se calmaron cuando subió un presentador al escenario y propuso una interesante actividad. Resulta que algunos asientos estaban marcados, y; en caso de estar en una de las butacas favorecidas, se debía encender la pantalla del celular y apuntarla hacia arriba, para que desde un drone se saque una foto y se lea el nombre de la banda.

No tengo idea donde habrá puesto el tilde el cristiano que colocó los papelitos en los bancos.

La situación fue divertida, porque a mi costado había dos hermanos a los que no les habían tocado bancos marcados, lo quederivó en una profunda tristeza por parte de ambos. De todos modos, su madre, a quien le importaba más la felicidad de sus hijos que la consigna, los animó a participar igual del juego. Así que cuando en la foto vean unos diéresis extra, ya saben que yo estaba por ahí.

Pasado un tiempo arrancó lo que un hombre, frente a mi, calificó como “la verdadera fiesta”.
Aparecieron los integrantes de la banda de acentuación conflictiva e interpretaron algunas canciones. Incluyeron unos versos en dudoso portugués y dieron al espectáculo un tono veraniego arrojando a la zona vip (no a la qué estaba yo, a otro, mucho más vip) flotadores con aspecto de dona mordida.

Cantaron algunos temas más, amagaron con irse un par de veces y cerraron con una espectacular publicidad de Claro. No lo digo como algo malo, yo disfruto de la publicidad, sobre todo la que pone Youtube antes de los videos. Te deja saltearla a los 5 segundos pero siempre estan tan buenas que las veo completas.

En fin, la última canción la cantaron entre las dos bandas y fue esa que  nos remite automáticamente a la campaña publicitaria con la que empresa de telecomunicaciones mexicana pretendía llegar a un público joven, fiestero, veraniego y que pasaba la primera quincena de enero en Punta del Este.

 

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