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Reflotamos la visión de un joven de 17 años en la tribuna Ámsterdam

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Hace casi un año, en un torneo de verano, este joven Nicolás Alé, fue por primera vez a presenciar un clásico entre Peñarol y Nacional. Y lo hizo, sin ser futbolero, simplemente como curiosidad, a la Tribuna Ámsterda. Repetimos su crónica, que en aquel momento nos pareció muy buena, y hoy tiene una vigencia tremenda.

COLUMNISTA JUVENIL

(Nota de VECINOS: Nicolás Alé Gravigna, es un joven de 16 años, que viene de
una familia de “buenas plumas”, con algunos escritores conocidos, como
Alfredo Gravina y su bisabuelo Franciso, tan bueno como su hermano Alfredo,
pero que nunca publicó nada de sus excelentes notas. Este joven adolescente,
se incorpora al staff de colaboradores de VECINOS, por dos motivos: escribe
bien y además genera la frescura que solamente pueden aportar los
adolescentes.)

“Nunca fui bueno, mucho menos me interesó ver fútbol. Hasta ahora, en
dieciséis años de existencia, había ido al estadio dos veces. Y por TV, la
única vez que vi un partido entero, sin distraerme, fue cuando Uruguay jugó
(sí, jugó, nada de jugamos) contra Ghana en 2010.
De todos modos en Uruguay es difícil escapar a este deporte y últimamente
las historias de estadio y las canciones, que a modo de virtud mencionan
atributos, que dudo alguien considere positivos fuera de las dos tribunas
populares, me estaban generando bastante curiosidad.
La entrada no era tan cara, y más que aburrirme durante un par de horas y
algunos golpes propios de los empujones, nada malo me iba a pasar. Ya estaba
decidido; el próximo clásico me aventuraría al Centenario.
Tras haber tomado esta decisión, me faltaba resolver a qué tribuna iría,
dando por descontado, siempre, que iría a una de las populares; donde se
sucede el verdadero encuentro deportivo ¡Donde independientemente de la
cantidad de goles convertidos en la cancha se define qué equipo gana!
Así comenzó mi búsqueda de alguien con quien ir. Cada vez que mencionaba
esta situación a mis amigos, como consumidores de suplementos deportivos o
vendedores de Herbalife”, todos se mostraban entusiasmados en apadrinarme
sin dejar de mencionar, claro, la objetiva superioridad de su club ante los
muertos, las gallinas, etc…
Fue de este modo como el veinte del corriente mes, a las 8:45 p.m, junto a
Nathaniel y primo me encontré haciendo, con cédula y entrada en mano, la
fila para ingresar a la tribuna Amsterdam. Desde tal lugar, por las próximas
dos horas, daría aliento al que era ahora el club de mis amores, el glorioso
Peñarol.
Cuando entré al estadio, todo era extraño, mi entorno se había vuelto
incomprensible. ¿Por qué hay olor a orina? ¿La gente mea acá? ¿Qué pasa con
los baños que la gente prefiere mear contra estas paredes? ¿Quiénes son
todos estos tipos? ¿Con qué frecuencia vienen acá? ¿Si pesás más de 120 Kg
te hacen descuento en la entrada? ¿De dónde sacan esos instrumentos? ¿Van a
clases de trompeta? (Porque no me los imagino estudiando la partitura de un
tema de La Vela para después darle una letra peñarolesca). Sigo; ¿Y esas
banderitas de dónde salieron? ¿Quién las hizo? ¿Por qué me las están dando
gratis? ¿O las tengo que pagar? El sonido de los bombos tampoco colaboraba
con la desorientación general que tenía.
Una vez que terminé de subir las escaleras y salí a la tribuna sentí un poco
más de tranquilidad. La situación comenzó a normalizarse. Fuimos avanzando
de a poco hasta que encontramos un lugar desde donde ver el partido. Acomodé
mis cosas, miré a la cancha y… ¡La puta madre! Volvía a no entender nada;
había ya 22 tipos jugando un partido. Ninguno de ellos de Nacional o de
Peñarol. Según pude entender, eran de Liberdad y Palmeiras. Nathaniel,
cuando le pregunté que hacían esos hombres ahí, me explicó que era un
cuadrangular o algo así, de todos modos me podría haber dicho que era un
triangular, octogonal o hasta circular porque el haberme contestado “es que
están jugando por un cuadrangular” no me sirvió de mucho.
En mi vida de persona que nunca había visto un clásico, lo único que atiné a
pensar fue que, como un Nacional vs Peñarol es un partido importante, estos
eran una especie de teloneros futbolísticos o algo por el estilo. Los quince
minutos que los vi jugar me sentí un poco mal por ellos: igual que a los
teloneros, nadie les estaba dando bola. De hecho esto era peor porque a los
teloneros, en los conciertos, cada tanto les gritan cosas como “¡Terminá ya
hijo de puta!”, pero en este caso las hinchadas estaban ocupadas
insultándose entre sí.
Cuando los teloneros terminaron y salieron los jugadores a la cancha, todos
comenzaron a cantar más alto, ambas tribunas se llenaron de fuegos
artificiales, bengalas y diría humo, pero desde que había llegado, hace como
media hora, ya estaban todos fumando porro. Había también una cantidad
enorme de personas filmando todo eso con los celulares.

INICIO DEL PARTIDO

El partido comenzó y a mí claramente me correspondía hinchar por Peñarol.
Así fue, durante los siguientes 45 minutos moví los brazos, canté alguna
canción y eventualmente, cuando alguno me miraba mientras cantaba “Hay que
saltar, hay que saltar” yo hacía lo propio.
Sobre el final del primer tiempo Nacional, hizo un gol. Hubo un segundo de
silencio y luego todo en la tribuna de Peñarol empezó a sonar más alto.
Tampoco entendía muy bien por qué pero yo también canté más alto.
Pasados unos pocos minutos hubo un gol a favor de Peñarol, digo a favor
porque creo que lo metió un jugador de Nacional en contra. De todos modos mi
verdadera preocupación en ese momento fue quedarme donde estaba y no perder
de vista a mis guías de aquel safari.
Durante esos quince minutos en que los jugadores vuelven a la cueva de donde
salieron, las hinchadas se calmaron y la gente se sentó. No sucedió nada
interesante en ese cuarto de hora.
Cuando comenzó el segundo tiempo pude ver mejor el partido ya que los tipos
que durante toda la primer mitad se habían dedicado a obstruir mi visión y a
empujarme (a quienes en ningún momento se me ocurrió pedirles que dejaran de
hacerlo) se habían ido. Revisé varias veces mis bolsillos y seguí mirando el
juego.
Llegado el segundo gol de Nacional, la tribuna se polarizó. Ahora algunos
dejaron de cantar por completo (grupo en el que me incluía) y otros, los que
continuaban atravesando la negación, lo hacían con más fuerza, como para no
oír los festejos en la tribuna rival.
Una de las piezas que interpretaban los que aún seguían cantando invitaba a
los hinchas rivales (en su mayoría hombres) a hacer felaciones a los hinchas
de Peñarol. Cuando oí la letra me acordé de que hacía unos minutos había
visto, detras de mí, a una señora de unos cincuenta y tantos años cantando.
Giré para ver si ella se mostraba con el mismo interés que los otros hinchas
de recibir una felación. Se limitaba a aplaudir y asentir con la cabeza al
ritmo de la canción, no decía nada… Hasta que llegó el verso de “ Vení,
chupame la pija” Ese pareció ser el momento favorito de la doña. Fue lo
único que cantó.
En ese momento empecé a considerar la idea de que había elegido mal la
tribuna, íbamos perdiendo y no me sentía muy identificado con los otros
hinchas. Sobre todo con esa mujer.
Ahora era un espectador neutro. Un sociólogo realizando análisis in situ.
Aunque no solo analizaba el comportamiento de esas personas. También miraba
cómo era el estadio, pensaba en qué cámaras estarían usando los fotógrafos y
en lo mucho que se debía estar divirtiendo el hombre de la grúa detrás del
arco.
El cambio llegó con el tercer gol de Nacional. Tras esto, así, sin culpa
alguna, y como quien es bien consciente de que el fin final es la felicidad,
y que los trescientos pesos de la entrada para aquello que me costó
considerar un espectáculo ya estaban pagos; decidí cambiar de equipo.
Claro que, dadas las circunstancias — en ese momento, y rodeado de bombos,
redoblantes y 30.000 personas que dudo tengan un apego a las instituciones
deportivas tan laxo como el mío- no podía exteriorizar mi simpatía por el
que ahora, y desde hace 5 minutos, era el nuevo club de mis amores, mi única
pasión y los colores de mi alma. Mis cantos, y movimientos oscilatorios de
brazo se redujeron a cero. Me limité a, en mi interior, a desear que
Nacional siguiera metiendo goles.
Cada tanto, y cuando alguno me miraba, cantaba algo, aunque con miedo a
confundirme en la parte de nombrar al cuadro. Ese es otro tema que las
hinchadas tendrían que rever, las canciones son las mismas. Lo único que
cambia es cuando nombran al cuadro… Y sinceramente se complica, sobre todo
si el cuadro por el que uno hincha va en función de quien vaya ganando (y
naturalmente cambia conforme el partido avanza).
El partido siguió su transcurso normal, íbamos ganando, y así fue hasta que
terminó el juego. Abandonamos el estadio y me saqué la camiseta de Peñarol,
ya era un civil acompañando a Nathaniel y primo a tomarse un taxi.
Después de eso, me dirigí al árbol donde había dejado escondida, antes de
entrar, la navaja que tengo por mala costumbre usar de llavero, y que ya en
varias oportunidades casi me deja fuera de distintos eventos. De esa navaja
John Benzen Tools verde despintada, que no pincha ni corta, lo único que uso
es, a veces, el destornillador Phillips. Era más seguro secuestrar un avión
con un escarbadientes que arremeter contra alguien ahí con esa navaja. De
todos modos, por recomendació de Nathaniel, la había dejado antes de entrar.
Una vez que recuperé la navaja caminé hasta una parada de ómnibus
relativamente distante del estadio. Ahí se me cruzó primero un grupo de
hinchas de Nacional. Tras un saludo y un “¡Vamo’ el bolso eh!” se agitaron
un poco más de lo que estaban y siguieron caminando y cantando.
Más tarde se me cruzó otro grupo, estos venían enojados, puteando a
Bengoechea que no hacía cambios o algo así. Lo culpaban a él de haber jugado
mal. Yo la verdad no estaba de acuerdo, para mí no se jugó nada mal. Si
hasta habíamos ganado”.

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