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Como no me colé al concierto de Maluma

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(Nota del Portal de VECINOS: Nico con sus actuales 17 años, nos vino regalando desde el año pasado, una serie de notas, donde nos cuenta y con su entretenida manera de escribir, nos enteramos de sus aventuras para asistir a diversos eventos importantes de la música, que se han desarrollado en Montevideo. De como entré al concierto de los RollingLa visión de un adolescente en el concierto de Márama y RombaiCronicas de Nico en la barra de la Ámsterdam. Lo que sigue es una nueva entrega de una pluma que de proponérselo, sin duda termina en escritor)

El lunes había llegado cansado, de no sé dónde, a casa. Me hice un jugo de naranja y después de tomarlo y revisar mi Facebook, pretendía dormir. De pronto, mientras mi sueño se iba, navegando en el inicio de la red social azul, me crucé con la publicación de un video en vivo. En él aparecían dos personas minutos antes de entrar al concierto de Maluma. Hacía un par de semanas venía viendo publicidad del evento pero no era para nada consciente de qué tendría lugar en media hora: en el Centenario, a diez minutos de mi casa.

Terminé el jugo y me puse unos jeans y un abrigo negro (siempre es bueno mimetizarse con el staff), salí rápido de casa, y desde el pasillo del edificio del edificio avisé: “me voy a colar al concierto de Maluma, vuelvo en un rato”, información qué mis padres parecieron acatar con total normalidad.

Me tomé un 494 cuyo suelo estaba repleto de la arena qué trae consigo la gente que sube de la playa. Mientras me acercaba al Centenario, espesas nubes negras fueron cubriendo el cielo. Poco a poco comenzaron a verse relámpagos y no pude hacer más qué ponerme nervioso; era bastante posible qué el show se cancele. Me distraje, de todos modos, mirando como la mujer sentada frente a mí intentaba hacerse de una moneda qué había caído entre su asiento y la pared. Para cuando bajé, al costado de un contenedor en llamas, estaba claro que en pocos minutos comenzaría a llover.

Una vez fuera del ómnibus caminé un par de cuadras, sorprendido por la poca cantidad de gente en los alrededores del estadio, supuse que  tras la  incipiente lluvia ya habían entrado todos. Pero no había vallado, ni seguridad, ni carteles, ni nada. Apenas el estadio iluminado por los focos de Ricaldoni. Comencé a hacer memoria y recordé que en ningún momento nada me había indicado qué el concierto sería ahí, no se por que asumí que sería en el estadio.

Decidí entonces llamar a un amigo quién seguramente supiese dónde tomaría lugar el evento. Mientras hablaba con él, al fuerte viento que dificultaba la conversación se le sumó una intensa lluvia que me obligó a buscar refugio en algún recoveco ideado por el Arq. Scasso.

Una vez con la información me dirigí a la parada correspondiente (que convenientemente soportaba el viento a unos pocos metros). Allí debía tomarme un 192 hasta el Teatro de Verano. Mientras esperaba el ómnibus, la intensa pero breve lluvia cesó dejando lugar a ese olor horrible del pavimento mojado mezclado con la tierra húmeda del parque Batlle.

Más allá de la poca batería en mi celular, era bastante optimista; ya había logrado ingresar al teatro de verano (y al centenario también) pero el ingreso al teatro era considerablemente más fácil.

A los 15 minutos ya estaba en el ómnibus. Avancé unas cuadras hasta qué noté algo extraño; frente al velódromo había mucha gente. Había también luces, un escenario y carteles con la cara de Maluma. Supuse qué mi amigo se había confundido (o que me había mentido) y tomé la acertada decisión de bajarme ahí. A cinco cuadras de donde había subido.

Rodeé el Velódromo un par de veces hasta que encontré el mejor lugar para mi acceso. A diferencia de otros puntos, estaba muy iluminado, pero no había seguridad. Debía trepar una reja verde de dos metros y medio de altura, caer sobre un una gran cantidad de plantas y pastos considerablemente altos, avanzar unos metros y deslizarme hacia abajo por las rampas internas del velódromo, esas que son para las bicis.

Me puse contra la verja, esperé unos segundos y velozmente la trepé y salté al otro lado. Luego de caer, mientras me incorporaba noté que la gloria duraría poco. Del otro lado había dos señores montados a caballo quienes amablemente me invitaron a repetir mi hazaña pero hacia el otro lado. Por un momento pensé qué ellos estaban a caballo, separados por dos metros y medio de vallado; les sería imposible detenerme. Consideré también decir algo como “ya crucé, sus leyes no aplican aquí” y correr hacia el público mientras que los montados no podrían hacer más que mirarme. Pero más allá de lo geniales qué hubiesen sido esas situaciones, recordé qué dentro del velódromo habría decenas más de personas que no me querrían dentro, y que me verían deslizarme por la rampa como cuando tenía 6 y en el tablado aparecían los lubolos.

Decidí entonces, motivado por la desagradable idea de estos dos señores jugando al polo con mis rodillas, hacerles caso: trepar nuevamente la reja, y saltar hacia el otro lado.

Seguí rodeando el velódromo. La música ya del cantante ya sonaba. Había partes del perímetro donde, desde las rejas, se veía a la perfección el show; incluso mejor qué desde ciertos sectores pagos. Pero yo no quería verlo, ni oírlo: quería colarme. Seguí dando algunas vueltas hasta qué me encontré con un amigo de la escuela, él estaba junto a una amiga  y ambos, igual qué yo, pretendían colarse.

Los tres dimos un par de vueltas más, de modo qué todos los guardias, en todas las puertas ya nos reconocían. De pronto  nos vimos los tres frente a un espacio donde no había seguridad alguna. De cruzar las rejas no daríamos directamente con el espectáculo pero estaríamos más cerca; en un predio abierto qué oficiaba de antesala a una especie de salón con baldosas de cerámica, parrillero y sillas blancas; similar a esos pequeños clubes qué hay por la capital.

Nuevamente nos cercioramos de que no haya nadie mirando, trepamos y cruzamos. Pero esta vez la negativa vino desde adentro. Bastante enojado, un señor nos dijo qué acabábamos de meternos a un cumplaños, qué por favor nos vayamos. Pedimos las correspondientes disculpas y nuevamente, salimos del predio cercado.

¿A quien se le ocurre poner un local de cumpleaños ahí, y encima alquilarlo cuando hay eventos así? Es obvio que la gente que  lo hace lo alquila y después cobra una entrada al “cumpleaños”, desde donde el espectáculo se disfruta perfectamente. O eso es, por lo menos, lo qué yo tengo pensado hacer en un futuro.

En fin, una vez más estábamos los tres dando vueltas por el Parque Batlle. Mientras caminábamos nos hicimos un amigo. El joven con quien compartimos intenciones, más tarde, se separó de nosotros y unos minutos después lo vimos siendo echado por los guardias de la zona que da a la parte trasera del escenario, donde había ambulancias, camiones y cosas de la producción.

Ya era tarde, el show estaba terminando y los tres estábamos cansados. Decidimos probar suerte en una última puerta; el plan era pasar como si nada, sin presentar entrada ni pulsera ni acreditación alguna. Intentamos, fallamos y cada uno volvió a su casa. Pero habría revancha, en 24 horas cantaría otra vez.

Al día siguiente también hacía frío y estaba incluso más ventoso. Dudé sobre si ir o no pero pasados unos minutos recordé que no tenía nada mejor qué hacer. Nuevamente  subí al 494, que una vez más, a pesar del clima, venía cargado de reposeras y juguetes de playa, y me bajé en la zona del Estadio.

Mientras caminaba hasta donde el colombiano, noté en el estadio una puerta. Me acerqué a ver de que se trataba y leí “Museo del fútbol”. Creo qué nada hubiera podido interesarme menos, pero como nunca había entrado y, sobre todo, como me sentí afortunado por hallarlo abierto en un horario tan inusual, decidí que el cantante podía esperar.

Una vez dentro de la sala no noté un ambiente normal de museo. Todos se conocían, todos llevaban el mismo libro en la axila, y todos disfrutaban de empanadas y vino. Como decidí qué yo no iba a ser menos me serví una empanada y una copa de vino. Durante los siguientes diez minutos aprecié banderas viejas de diversas instituciones. También había una gran cantidad de recortes de diarios y algunos cuadros qué estaban buenos. Abandoné lo que supongo era la presentación de un libro sobre fútbol y partí nuevamente al Velódromo.

Comencé a rodearlo y noté no solo qué todo el plantel de seguridad era el mismo que  el del día anterior, sino qué también todos me reconocían. Se hacían gestos unos a los otros como diciendo “ojo con este que es el qué se cuela”. Uno de estos hombres, de hecho, hizo notar mi presencia a su compañero con con su índice indiscreto. Señor de Keeper con el pelo ridículo; permítame decirle, a usted y a su compañero, que me verá en cuanto evento masivo albergue nuestra capital.

Más tarde probé con pasar decidido por una entrada para el staff pero me detuvieron a los pocos metros y me preguntaron de quien era invitado. Aparentemente no había Fernando alguno en la producción del evento así qué nuevamente me echaron.

Intenté, también, lo mismo por otra puerta. Intente, incluso, hacerme pasar por el hombre del puesto de panchos. Pero nada.

En otro rodeo al Velódromo me crucé con un un árbol. Sobre éll habrían unas diez personas qué disfrutaban de una vista mucho mejor que la de aquellos que si bien estaban adentro, se  encontraban en el último anillo.

Amablemente, los trepados me ayudaron a subir y me hicieron un lugar. Desde allí, y por unos veinte minutos, aprecié el concierto. Vi, nuevamente como le llegó al cantante un mensaje de texto donde era acusado de no saber raper y vi, una vez más, como  muy espontáneamente desmintió, con hechos, tal acusación.

También vi, como de forma muy espontánea avisó, una vez, más qué su novia lo había dejado, y que estaba buscando otra. Tal información pareció causar en las adolescente un incontenible grito que incluso superó al anterior. El anterior había sido un pedido explícito del cantante, quien aparentemente hallaba divertido oír gritar a su público por treinta segundos de forma ininterrumpida.

Tuve el honor, de todos modos, de estar sentado en el árbol  junto a una joven a quien consideré la persona que más gritó. Más qué cualquiera de las qué estaban adentro. Más qué el propio Maluma incluso. Seguramente más que cualquiera en este mundo.

Cada vez qué el cantante hacía una mención romántica, ella, tras gritar unos segundos, decía a sus amigas: “¡Se lo dice a la Ana, se lo dice a la Ana!”.

Lógicamente se trataba de la ya mencionada exnovia del cantante, a quien la joven conocía porque seguramente estaba más involucrada en la vida del colombiano que yo.

Un tiempo después, cuando sus amigas la llamaron desde abajo del árbol, la teoría de la ex novia, que gozaba de perfecta lógica, cayó. Por algún motivo a la joven gritona le gustaba hablar de si en tercera. Ella era Ana y atribuía exclusivamente a su persona los piropos del cantante decía a un par de miles de personas. Me agradó la seguridad de Ana.

Volví nuevamente a las rejas verdes. caminé unos metros y me ubiqué en el lugar donde el día anterior había saltado por primera vez. Ese sería mi último intento. De fallar volvería a casa.

Me aseguré de qué no haya hombres caballo-mirando, tome un poco de distancia, salté, y  una vez más, volví a cruzar la verja. Me dejé caer otro lado y avancé abriéndome camino entre las plantas y los altos pastos. El predio era muy empinado así que  fueron un par de metros muy complicados. Vi entonces, antes de llegar al plano cubierto no más qué por pasto prolijamente cortado, a dos guardias.

Desde las plantas observé sus espaldas un rato. Se suponía que ellos debían estar mirando hacia afuera, pero obviamente nadie intentaría pasar 30 minutos antes de qué terminase el espectáculo.

Ahí estaba yo, en un espacio completamente iluminado y vagamente oculto entre las plantas. Miré a los dos guardias unos segundos más y, animado por la idea de qué en cualquier momento aparecerán los montados, decidí avanzar hacia donde los guardias.

Puse mi mejor cara de “formo parte del staff “  y pasé entre ellos. Vi por unos segundos el espectáculo desde adentro, seguramente desde el mejor punto. Estaba alto pero no en las gradas, al fondo. Estaba casi tan adelante como los qué habían pagado la más vip de las entradas.

Claro, estuve ahí solo por unos segundos. Llegó uno de los guardias, me giró tomándome por el brazo y, mientras yo le preguntaba qué era todo este despliegue al qué, por curiosidad, decidí entrar, me condujo hasta una caseta.

Ahí, desde lejos, le hizo señas a una mujer a quien pareció delegarle mi responsabilidad. -Lo agarramos tratando de meterse por las plantas, le informó antes de indicarme qué vaya con ella.

El guardia me hizo un gesto de avanzar cabeza indicándome que me acerque a la mujer, después se dio la vuelta y se fue.

Mientras recorría los pocos metros que me separaban de la señora pensé en cuál sería la mejor forma de explicar a mis padres como terminé en la comisaría. Quizá, por el hecho absurdo de que realmente no me interesaba el show, sino colarme, les daría un poco de gracia y no estarían tan enojados mientras me iban a bucar a la 11va.

En fin, mientras me acercaba a la mujer (que me miraba furiosa) no se me ocurrió mejor reacción que mirarla sonriente y saludarla con un beso al llegar a ella.

-¿Como estás? Che, qué  convocatoria que tiene… este… Maluma, ¿No? Le dije antes de que pueda decirme nada. Después, al notarla confundida agregué   -Venía pasando y entré de curioso a ver qué había, pero no me esperaba que haya tanta gente. De hecho, me dijo recién el señor de chaleco que me trajo hasta acá quién era el que cantaba…Ni lo conocía. Mientras me escoltaba hasta la distante puerta la mujer parecía cada vez más confundida e incluso llegó a contestar algunas de mis preguntas improvisadas.

Una vez en la puerta, antes de ser completamente echado, la volví a saludar.  Me dijo sonriente “Adiós, gracias”  y se fue.

Volvía a estar afuera, cansado. Me dolían los oídos por los gritos de La Ana. Pronto Maluma haría otra gira y ahí estaría yo, pero por ahora aceptar mi derrota sería lo mejor. Antes de que el espectáculo acabe y el parque se inunde de gente me fui. Derrotado me fui a mi casa. Pero no me fui sin antes pasar por  El Museo del Fútbol, comer un par de masitas y beber otra Copa de vino.

 

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