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Gardel y Leguizamo

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Por Lic. Jorge Scuro

Gardel y Malvín, en mis recuerdos de niñez se me presentan juntos. Mi familia tenía un chalet, para las vacaciones en Almería y el arroyo Malvín. Se pasaba de Malvín Nuevo a Malvín por un estrecho puentecito peatonal donde sólo se cruzaba en una fila, si del otro lado alguien venía  debía esperar que llegara el que ya iba cruzando.

Hoy el arroyo sigue circulando debajo de la Rambla Concepción del Uruguay y todo ha cambiado al mismo ritmo. Sólo los recuerdos permanecen. Mi padre venía de Montevideo (sic) los fines de semana y era una fiesta ir a cazar ranas al bañado de la desembocadura del arroyo, además recogíamos caracoles. Las primeras eran faenadas apenas llegábamos al ranchito para ser fritas y comidas sin más trámite que la conversación de los adultos y nuestra alegría. Los caracoles se depositaban en un recipiente de lata de 20 litros especialmente limpiado para tales efectos, donde se agregaba un kilo de harina, se tapaba con una tela y se dejaba en espera hasta el sábado siguiente para hacer exquisitos platos de gustos italianos.

Ir hasta la “casa de Gardel” era toda una experiencia, la verdad que no sabíamos cual de aquellos ranchos que daban a la rambla era realmente “la casa”. Nos llevó años identificarla sin equivocarnos, es que desde Rimac a Michigan había una larga sucesión de ranchos donde vivía gente y los fines de semana recibían grupos de amigos que disfrutaban de un abundante asado, buen vino y jugaban al truco o al tute cabrero.

En el año 1950 yo era un gurí de unos siete años y el Mago hacía recién  15 años que había muerto.  La vida es un bandoneón que según se abre o se cierra nos da distintos sonidos y perspectivas.

Aquella casa sufrió el embate del tiempo y los cambios urbanos.  Por suerte no sucumbió con la piqueta fatal del progreso. Estuvo postergada, habitada, en forma ruinosa, luego abandonada y el deterioro del olvido la fue cubriendo con el anunciado manto de la desaparición. Pero no fue así, resistió pues hubo personas que se empeñaron en luchar contra el deterioro,  lucharon para que la Villa Yerúa no fuera otro lugar más inexistente de los tantos que tenemos en Montevideo.

No me enteré que se habilitaría la reconstrucción el pasado día de San Gardel, coincidente con San Juan. Este día trae para mí hermosos recuerdos. Cuando fui, durante 30 años, director de un Colegio de Carrasco Norte me propuse celebrar durante 19 años seguidos el día de Gardel con un Homenaje a la Música ciudadana. Hiciera frío, lluvia o veranillo de San Juan se congregaban más de mil personas para recordar al Zorzal Criollo, quien fuera homenajeado, durante todos esos años por los mejores exponentes de nuestro canto, música y poesía popular; incluido Horacio Ferrer que no se lo quiso perder y cruzó el Charco para acompañarnos.

Es bueno que todos recordemos a Gardel en su voz y sus canciones. Todas las generaciones. Expresa nuestros sentires y su voz nos es familiar al oído. Es parte de nuestra identidad cultural, ese intangible que une y salva a los pueblos.

Me enteré que Villa Yerúa se reinauguraba cuando salí a comprar el diario, vivo a una cuadra, cuando vi mucha gente en la esquina de Rimac. Pasé por ahí y agradecí interiormente a quienes habían hecho aquel esfuerzo. No conozco a nadie de la Asociación de Propietarios de Caballos, no se quienes son ni a qué se dedican pero les agradezco que se hayan propuesto mantener vivo el recuerdo de Gardel.  Con pena vemos que tantas casas, bienes o predios estatales o municipales se deterioran o pierden por la falta de cuidado y atención que me parece formidable que una institución civil recoja el guante.

Espero sea para bien de todos y fundamentalmente para Malvín que sea lugar de encuentro y elaboración de nuevos proyectos y emprendimientos que nos mantengan vitales recuperando del pasado lo mejor para proyectarlo al futuro.

 

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