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Liliana Pertuy: “Que las nuevas generaciones puedan saber que hubo resistencia”

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Entrevista y contenidos: Romina Verrua

El lunes 14 de agosto se instalará una placa en Treinta y Tres, en homenaje a las resistencias de estudiantes y docentes reprimidos durante la última dictadura militar. Será a las 16 hs en el Liceo Nº 1 de dicha ciudad (Juan Antonio Lavalleja 1065). Entrevistamos a Liliana Pertuy, una de esos estudiantes y también una de las impulsoras de la colocación de la placa.

Aunque es de Treinta y Tres, Liliana Pertuy hace años que vive en Montevideo. Fue una de las detenidas entre el 12 y 13 de abril de 1975 en su ciudad natal. En esos dos días 38 jóvenes, de los cuales 29 tenían entre 13 y 17 años, fueron detenidos ilegalmente, torturados psicológica y físicamente durante semanas. El 30 de abril de 1975, el diario El País publicó un comunicado de prensa en el que el Comando General del Ejército culpabilizaba a estos adolescentes por no cumplir con las buenas costumbres, sostenían: “Marxismo: única meta de la destrucción moral” y “Descubren campamento: prostituían a más de 60 jóvenes”.
Si pensaron que recuperarían sus vidas cuando los dejaron en libertad, también se habían equivocado. A partir de entonces pesaba sobre ellos la prohibición de seguir estudiando en cualquier institución del país. Además, algunas familias fueron obligadas a irse del lugar. Fue el caso de la familia de Liliana, la historia de cómo llegó a vivir a la capital nacional.
Mientras estaba detenida, cuenta, cumplió 16 años. Después de mudarse a Montevideo, su relación con Treinta y Tres venía cargada de sentimientos contradictorios, sin embargo, este parece ser uno de los momentos que dejará una sensación de reencuentro.

¿Entre quiénes y cómo surge la idea de la colocación de la placa en el Liceo Nº1 en Treinta y Tres?

A lo largo de estos 42 años, desde lo que pasó, hemos hecho varias cosas entre todos los que estuvimos detenidos. Esta idea surge de cuatro compañeras de Treinta y Tres, que son: Beatriz Silva, Sandra Díaz, Mabel Fleitas y yo. De alguna manera hemos acompañado la colocación de placas en otros lugares, sobre todo del interior, y dijimos “bueno vamos a pedir una para nosotros”.
Es una cosa muy sencilla en realidad. Realizamos la solicitud al MEC hace como un año, y hace unos meses nos comunicaron que se había aprobado. Nosotras le planteamos que no queríamos una placa en la puerta del Cuartel, en general se colocan en esos lugares. Nosotras sí queríamos una placa en un lugar que era el centro de acción, concentración, socialización de todo lo que hacían los jóvenes, el Liceo Departamental en aquel momento. La inmensa mayoría de nosotros íbamos ahí, teníamos entre 13 y 20 años; pero 29 éramos menores, teníamos entre 13 y 17 años. Además pensando que esto es memoria para las nuevas generaciones, que diga “en este Liceo pasó tal cosa”, que puedan preguntar y documentar. Que puedan saber que hubo resistencia. En la solicitud argumentamos que en el Cuartel verían la placa los soldados que van a trabajar, pero esta placa tenía el sentido de la lucha, resistencia, libertad, que fue lo que nos empujó y nos inspiró a luchar contra la dictadura. Queríamos rescatar ese espíritu. Se aceptó que sea el Liceo. En pocos días comenzamos junto con el MEC y con personas en Treinta y Tres, a organizar esta movida.
Treinta y Tres fue un departamento de una represión brutal. Siempre digo que hubo tantos presos y detenidos como votos tuvo el FA en la elección de 1971. Es terrible. La represión empezó con los Tupamaro, y continuó. Siguió con nosotros que éramos la inmensa mayoría de la Juventud Comunista. La fecha elegida, el 14 de agosto, nos pareció pertinente por ser el Día de los Mártires Estudiantiles; nosotros no somos mártires pero sí fuimos parte de la resistencia.

¿Cómo pensás que va a ser recibida la instalación de la placa en Treinta y Tres?

Yo no tenía una buena relación con mi pueblo. Porque fue muy horrible nuestro caso, porque nos echaron del pueblo. La gente nos tenía miedo, nuestras compañeras y compañeros del liceo cruzaban de vereda. Sobre nosotros no solo inventaron toda esa patraña de que éramos “marxistas-leninistas-come niños crudos”, también -y lo peor para el pueblo me parece a mi- dijeron que hacíamos orgías y todo eso. Yo tenía 16 años, cumplí 16 en el medio de la tortura, a esa edad imaginá lo que es que tus amigas y amigos, que tus compañeros del barrio no te saluden. Además nos echaron del pueblo, me vine a Montevideo, y tuve que rehacer mi vida. La mayoría hicimos eso, salvo algunos que se quedaron y la pasaron muy mal.
Siempre tuve una sensación de “este pueblo tan retrógado”. En los últimos tiempos eso ha cambiado. Aunque no voy a sacarle peso a la justicia uruguaya, que es nefasta y que no existe para nuestro caso; pero de alguna manera existen otros casos de justicia como esta: que tu comunidad te rinda, no sé si homenaje, pero sí tributo, reconocimiento. Es una manera de hacer justicia.
Yo les decía a ellos (en Treinta y Tres) el día que se presentó el libro de (Mauricio) Almada, con más de 300 personas, que me emocionó ese encuentro.

Les conté de mi relación contradictoria, y que les agradecía por haber tendido este puente que me permitía ver a mi pueblo y ciudad con otra mirada. Siento que ellos han tendido un puente y que una puede cruzar ese puente, volver de otra manera. Allá hay un grupo de jóvenes que trabajan sobre memoria, me invitaron a marchar con ellos el pasado 20 de mayo, y fui. Hay puentes muy fuertes con esta nueva generación, y nosotras estamos apoyándolos fuertemente.

Entre quienes compartieron esta experiencia de detención masiva, contabas que algunos se siguen reuniendo. ¿Qué características tiene ese espacio? ¿Pudieron hablar alguna vez de lo que vivieron, sirve para organizar tareas?

En realidad nosotros nunca nos juntamos para hablar entre nosotros sobre los que había pasado. Es decir, sí de lo que nos pasó, hablar del caso. Pero nunca en la vida nos contamos, por ejemplo, la tortura. Ni siquiera con mis amigas de toda la vida que también compartimos ese espacio. Nunca nos contamos lo que nos habían hecho a cada una, digo a cada una porque somos muchas mujeres. Con los varones menos, creo que son más herméticos en estas cosas. Empezamos a saber lo que nos habían hecho a cada una leyendo el libro de Mauricio Almada hace tres años.

Entonces hay una cosa de no contar lo sucedido, la tortura en realidad. Nosotras las que somos amigas no nos juntamos porque estuvimos juntas ahí, sino porque éramos amigas desde antes. Sin embargo, nos hemos juntado los 38 porque de verdad hay una cosa fuerte. Nos juntamos para hacer la denuncia, para hacer cosas concretas en Treinta y Tres. Hay una cosa fuerte que se mantiene cuando nos reencontramos, perdura el afecto, porque lo vivido fue tan fuerte y en una edad tan particular que yo creo que eso nos marcará para siempre.

¿Cómo fue rearmar la vida después de esta experiencia siendo tan jóvenes y sin poder estudiar?

También colocar la placa en el Liceo tiene mucho que ver con eso de la prohibición de estudiar. A esa edad es como que te matan civilmente, qué vas a hacer a los 15 años, siendo estudiante. En el caso de mi familia, directamente la llamaron a mi madre y le dijeron que nos teníamos que ir del pueblo. Fue un destierro, a veces no se habla de eso, bueno en este país no se habla de muchas cosas (risas). A veces pienso que se habla de exilio, pero no de que también hubo destierros adentro del país. Imaginate que nosotros éramos gurises y gurisas bien del interior. Treinta y Tres era un pueblo de campaña prácticamente, que te conocés con todos, vas a bailar, al río.

Más allá que militábamos, teníamos conciencia, leíamos, decidimos enfrentar la dictadura, luchar por la democracia y las libertades; fue muy duro irnos porque fue muy dura la vida en dictadura, que también es de las cosas que no se habla en este país. ¿Cómo vivía la gente en esos 12 años de dictadura? Horrible vivíamos, todos los uruguayos y uruguayas. Este país era oscuro, miedoso.

Por ejemplo, si en una ciudad muy grande instaurás el nazifascismo es más fácil escabullirte, esconderte. Pero acá no, acá somos los que somos y todos se conocen. Eso dificulta muchísimo vivir en períodos de dictadura.
Montevideo para nosotros fue la ciudad luz, nos dio aire, nos dio oxígeno. Tuvimos que trabajar inmediatamente, nuestros padres fueron destituidos, echados. Eso significó desarraigos múltiples, rehacer vidas. Yo también empece a trabajar a esa edad, no para pagarme mis gustos, sino para ayudar a la familia, parar la olla, alquilar dónde vivir, empezar la vida nueva.
A mi Montevideo me encantaba, iba al cine, al teatro. Yo siempre digo “conmigo no pudieron”, digo tendré veinte mil rayes, pero siempre fui zafando. Apenas nos mudamos, con otra compañera, nos inscribimos clandestinas en una UTU de arte. Pasamos todo el año. Ella hacia cerámica y yo hacía serigrafía. Había como intersticios, y una decía por acá me cuelo, por acá respiro, por acá hay libertad. Eso fue muy importante.
Nosotras siempre seguimos militando, mas allá de todas las amenazas, porque nosotras fuimos procesadas por la justicia militar, siendo menores de edad, por atentado a la Constitución en grado de conspiración. Además les quitaron la patria potestad a nuestros padres. Si caíamos presas no solo íbamos nosotras, ellos también, mientras fuéramos menores. Junto a otros más fuimos de los que seguimos militando clandestinamente toda la dictadura, milité en la Juventud Comunista hasta 1990. Después me fui del partido.

Esa fue la vida después, pudimos hacer cosas pero es como quedarse entre paréntesis. Porque te hicieron perder 10 años de tu vida, de tu vida de verdad, donde acumulás. Siempre tuve la sensación de “estar atrasada”. Inclusive fui de las pocas que hizo una carrera universitaria, con un hijo chico, me divorcié y decidí hacerla porque era mi asignatura pendiente.

La hice, con mucho esfuerzo y sacrificio, todos los demás me llevaban ventaja, yo era extra edad, con un hijo, tenía que trabajar. Me recibí en 2004, empecé a estudiar en 1997 y hacía de a una materia, pero era mi asignatura pendiente. La sensación el día que me recibí fue: lo logré, los milicos no pudieron conmigo. Después encima pude trabajar de socióloga, así que felicidad completa.

¿Cuál es la situación legal de la causa en la actualidad?

Nosotros hicimos la denuncia de Treinta y Tres en octubre de 2011. Fue una denuncia colectiva, fuimos 20 de los 38. Nos citaron a todos los denunciantes y todos fuimos a declarar. Cuando empezaron a citar a los denunciados, a los torturadores, a los militares; Díaz Agrelo, el médico, torturador, que además era profesor nuestro de biología, antepuso un recurso y la Corte hizo lugar y lo tranca. Desde ahí no llaman a ningún otro. Los argumentos que hemos viste en el expediente son: “no se encontró la dirección”, por ejemplo. ¿En Uruguay? ¿En Treinta y Tres? Es como “no quiero investigar, no voy a investigar”. Acá hay un pacto, estoy convencida de eso.

Hago todo esto, primero, porque creo en construir la memoria en estos pequeños actos de justicia. Segundo, porque creo que en Uruguay va a pasar lo que pasa en España, por ejemplo, los nietos, los bisnietos, van a decir “quiero saber qué pasó con la loca de mi abuela, de mi bisabuela”, que tengan esas nuevas generaciones de dónde agarrarse para hacer la investigación. ¿Es pesimista esta mirada? No, yo voy a joder como la piedra en el zapato.

Mientras tenga fuerzas y vida, voy a denunciar, tocar puertas, decir que está mal. Pero también pienso que hay que denunciar, hacer libros, escribir, poner placas, hablar, que quede para las nuevas generaciones porque lamentablemente mi paisito en esto es muy lamentable. A esta altura han pasado todos los gobiernos, todos los partidos, y tampoco ha pasado nada. Mi valoración también con mi gobierno del FA en este tema es malísima.

¿O sea que la denuncia quedó ahí?

Nunca llamaron a un torturador a declarar. Nosotros ampliamos la denuncia con el libro de Mauricio Almada, porque es muy buena investigación. Y nada, absolutamente nada.

¿Cómo sería tu sueño de justicia en relación a la represión sufrida durante el terrorismo de Estado en Uruguay?

Mi sueño sería que los gobiernos del FA dijeran “vamos a investigar de verdad, vamos a hacer que la justicia funcione, que se sepa la verdad”. Que los que están vivos sean juzgados. Con todas las libertades de la ley, las que no tuvimos, las que no tuvieron los desaparecidos ni los niños robados. Ahora, no creo que pase, ¿sabés? No es de pesimista.
El otro, el plan B, es a todos los que vivieron estas cosas les digo: escriban, hagan cosas, para que las nuevas generaciones tengan de dónde partir. Van a necesitar saber su historia, en algún momento las sociedades tienen que sanear, esta es una herida muy terrible para los pueblos, en algún momento van a necesitar. Nosotros no pudimos, que puedan los que vengan. Que digan: la abuela murió y encontré esto grabado, escrito a mano, un casette ¿como lo escuchamos? (risas).

¿Pensando más en relación a la sociedad, al pueblo uruguayo, cuáles son las deudas pendientes en relación a Memoria, Verdad y Justicia?

Yo sufrí horrible la derrota del voto verde. Estaba embarazada de mi hijo, me acuerdo patente de esa madrugada, me había tocado ir a Pando cuando perdimos la primera vez (el plebiscito) contra la Ley de impunidad en abril de 1989. Me dolió y más allá de todas las explicaciones posibles y del miedo, yo soy víctima, son de esas cosas que no me voy a olvidar jamás.

La peor fue esta segunda vez (del plebiscito para la anulación de la Ley de Caducidad), con mi hijo ya militante. Eso también me dolió, no por mi ya sino por ellos. Porque una y otra vez, con 20 años de diferencia, este pueblo no quiere saber la verdad. Eso es brutal.

Si todos los sectores del FA hubieran puesto la papeleta, se hubiera ganado. Quiere decir que lo más triste y doloroso es que hay sectores de la izquierda, dentro del FA, que tampoco quieren que se sepa la verdad, mucho menos que se haga justicia. Porque si sabés la verdad, vas a hacer justicia. Para mi, que soy militante frenteamplista hasta ahora, es muy doloroso.

La colocación de la placa, el próximo lunes en Treinta y Tres, se enmarca en lo dispuesto por los artículos 7 y 8 de la Ley Nº 18.596 de reconocimiento y reparación a las víctimas de la actuación ilegítima del Estado. Otro acto de justicia, que queda corto, pero contribuye a la construcción de memoria colectiva a lo largo y ancho de todo el país.

*Fuente sobre el caso: “El Goyo Álvarez fue un torturador de niños”

 

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