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Su corazón Bohemio

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¿Con quién nos quedamos, entonces? ¿Con el Héroe de Maracaná, o con el Campeón de la Integridad? Antes de aventurar una opción personal, veamos primero cuál es la opción del propio Obdulio Jacinto.
La opinión de su nieto veinteañero (Daniel Cardozo) no deja dudas al respecto: “Trataba de escaparle al mito, no quería ir a lugares con mucha gente, se aislaba. Prefería ir adonde los amigos lo conocieron como Jacinto, no como Obdulio, el de la hazaña. Se sentía más identificado con Jacinto que con Obdulio…Siempre vivimos esa dualidad: de la puerta para adentro era Jacinto, y para afuera era Obdulio”.
Algo similar había expresado él antes: “Maracaná casi que no pertenece a mí, es de la gente, del público. Dejalos nomás que se acuerden de Maracaná. Lo mío lo vivo yo, lo de Wanderers es mío, ¿comprendés?”. Su carrera profesional había comenzado en el 38, defendiendo a ese equipo. Luego de lucir durante cinco años la camiseta albinegra, llegó el pase para Peñarol. Pero él abandonó el cuadro de “los bohemios” con mucho dolor. Poco después de que se concretara la transferencia, pidió y consiguió una camiseta “nuevita flamante” del viejo y querido Wanderers. Desde entonces nunca se separó de ella, “el más grande tesoro” que le dio el fútbol.

El siempre regaló todo (trofeos, medallas, insignias, plaquetas, objetos de arte, banderines, relojes, fotografías). Total, qué importa -reflexionaba- si “todo lo que quise y todo lo que quiero lo conservo con egoísmo en este viejo cofre del tic tac”…Hasta la camiseta y “los botines del cincuenta” donó, y allí están, integrados al acervo de nuestro Museo del Fútbol…No hubo cosa de la que no se desprendiera…si prescindimos de aquella albinegra “nuevita flamante”…“¡Esa sí que no la doy. Esa es mía solamente y quiero que me acompañe siempre, pero siempre”.
En ese caso excepcional no se contentó con el recuerdo anidado en algún rincón de ese corazón suyo que él comparaba con un cofre relojero. Necesitó, además, de la presencia tangible, cercana y permanente del objeto venerado. Ocurría que su ciclo wanderista estaba ligado a un período muy especial de su vida: “la época de la juventud plena, vivida a todo pulmón, la época libre, llena de amigos, divertida, cuando nos parecía que podíamos tocar el cielo con las manos. La época de la ilusión”, cuando “todavía no habían aparecido las tristezas ni los desengaños”. De modo que la camiseta a rayas blancas y negras que por ese entonces él defendía adquirió, en su fuero íntimo, las dimensiones de símbolo de un estado de dicha que más tarde vivenciaría como efímero e irrepetible…
Lo cual nos confirma que, entre el Jacinto de los afectos iniciales y el Obdulio de la gran epopeya, él se inclinaba sin vacilar por el primero.

No somos quienes para contrariarlo. Y si de privilegiar alguna de las facetas de su personalidad se tratase, cada quien que elija el Jacinto que más le plazca: el de los bolsillos cosidos, el que se dejaba morir junto a su amigo del alma, el que no aceptaba trato diferencial en las premiaciones, el que por todo almuerzo tomaba un café con leche, con tal de brindarle más a los niños, o el que salió a la cancha con la camiseta aurinegra de siempre, en tanto sus compañeros lucían marcas comerciales sobreimpresas. Eso va en cada uno.
Yo me quedo con el Jacinto que a los 25 años recibió una camiseta albinegra y la guardó a su lado hasta el fin de sus días, dándole a ella más valor que a la suma de proezas posteriores, ésas que a nosotros nos deslumbraron y nos indujeron a idealizarlo.
El sentir del Negro Jefe no coincidió con el de la generalidad y hay que respetarlo porque brotaba desde lo más hondo de su “viejo cofre del tic tac”; un cofre enorme y, desde hace más de 21 años, silencioso.

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