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La mejor recomendación para cinéfilos

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A lo largo de los últimos dos meses hemos tenido la suerte de viajar por buena parte del mundo y vivir aventuras que queremos compartir con ustedes.

En una provincia argentina de la que preferimos no revelar su nombre, fuimos testigos de extraños hechos que tiñeron de rojo al pequeño pueblo.

Nos alejamos hacia el norte y en una playa mexicana una empleada doméstica rescató del mar a una niña, y ella junto a la familia de la niña se confundieron en un abrazo interminable y épico, que vaya uno a saber por qué nos voló la imaginación a Roma.

Ya que estábamos volando hacia Europa, no resistimos la tentación de reencontrarnos en Suecia con la música clásica, y allí compartimos una hermosa sarabanda y otra sonata de otoño con una persona muy especial, que acaso era dos; o no.

Inevitable cruzar a Noruega, justo en época de entrega del Nobel de literatura, donde conocimos a la esposa del galardonado, quien nos impresionó como una mujer particularmente inteligente y sensible.

Ecos de la guerra fría sentimos en Polonia y el otro lado de todo nos sorprendió en Serbia.

Pero la fiesta nos esperaba en Inglaterra, donde conocimos a la favorita, que no era nuestra hermana menor, una ternura de adolescente a quien dejamos muy bien acompañada en una ciudad costera de Japón.

Entre los muros de Francia nos esperaba la casa junto al mar, donde una tal Madame Hyde se creía la número uno. Típico: la cuestión humana, pensamos.

Por lo que decidimos encontrarnos en Barcelona con Julia Ist y con ella nos fuimos a Alemania donde cansados de tanto andar, dijimos adiós a Europa y con la melancólica compañía de Stefan Zweig nos volvimos a América, pero al norte, donde la música nos esperaba otra vez con una deslumbrante rapsodia bohemia.

Y al llegar a Uruguay un montón de amigos nos recibieron en una extraña fiesta Nibiru.

Y lo más notable es que la aventura nos salió re barata. Porque no nos movimos de Montevideo. El viaje completo lo hicimos en Bartolomé Mitre 1236, esquina Reconquista, la flamante casa de la vieja y querida Cinemateca, pero mejor que nunca.

Las negritas corresponden a los títulos de las películas que vimos, en tres salas que sin ninguna exageración se pueden catalogar como las mejores del país.

Para quienes fueron socios de Cinemateca y dejaron de serlo, ahuyentados por precariedades de todo tipo, este es el momento soñado para re asociarse y re descubrir el significado de ir a una sala de cine de verdad, donde lo que importa transcurre en la pantalla y no en las tiendas de venta de pop y refrescos. Y en una pantalla grande, con una calidad de imagen y sonido espectacular.

A aquellos que nunca se asociaron pero a quienes les gusta el cine, no sólo el entretenimiento filmado sino el cine, el cine y su enorme registro expresivo que abarca de la comedia a la tragedia, de oriente a occidente y de norte a sur, a esos, les confesamos nuestra envidia, porque cuando se asocien van a sentir lo mismo que experimentamos nosotros casi cuarenta años atrás, pero aún mejor, porque vale la pena repetirlo: es la vieja Cinemateca, pero mejor que nunca.

Y finalmente a aquellos para los cuales el cine representa poco más que un rápido y furioso vehículo de adrenalina pasajera, la invitación más especial: la de dejarse llevar por la curiosidad, esa maravillosa cualidad humana, y así descubrir que ser parte de Cinemateca es, como decía un viejo slogan, una manera de ser. Y esa manera de ser, no tiene precio.

Estos socios re fundadores de Cinemateca se los aseguran.

Adriana Nartallo y Daniel Amorín

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